lunes, 12 de noviembre de 2012

Superstición, magia y mitología.

Apuntes 3 Filosofía y "Religión"



La Filosofía como un Saber.

Como ya hemos visto, la filosofía, además de una actitud vital, es un tipo de saber. Para poder diferenciar bien la filosofía del resto de los saberes hemos de establecer algún tipo de distinción entre la filosofía y esos otros  saberes. A lo largo de la historia se han confundido a menudo esos conocimientos o saberes (el saber científico, el saber artístico y el saber religioso) con los conocimientos filosóficos. La filosofía no es Ciencia ni Arte ni Religión. Analicemos ahora el tercero de estos saberes, el saber religioso, con el fin de diferenciarlo de la filosofía.

Para llegar a comprender la esencia del saber religioso, lo que hemos de hacer en primer lugar es diferenciarlo de lo que parece religión pero no lo es, a saber, la superstición, la magia y los mitos.

a)        La superstición.

La superstición es una creencia que resulta contraria a la razón y es ajena a la fe religiosa. El supersticioso cree que ciertos fenómenos disponen de una explicación sobrenatural. Por ejemplo: “Por superstición, nunca paso por debajo de una escalera” o “Pablo no quiere casarse el martes 13 por superstición”. La superstición suele basarse en tradiciones populares que se transmiten de generación en generación. Esto quiere decir que, dentro de una comunidad, los antepasados que sostenían que algunas acciones concretas (como, por ejemplo, contar con un amuleto o repetir ciertas palabras) favorecían la buena suerte o alejaban lo negativo, transmitieron dichas creencias a sus descendientes. Al creer en la superstición, la persona atribuye una relación causal entre dos acontecimientos a una fuerza sobrenatural. Tal relación causal no puede considerarse ni lógica ni basada en la experiencia.

Un supersticioso puede creer que un gato negro trae mala suerte y, si se cruza con un animal de este tipo en la calle, preferirá retroceder. Nada prueba, por supuesto, que los gatos negros tengan capacidad de incidir en el destino o en la fortuna. Por otra parte, si el supersticioso ve un gato negro y luego tropieza, atribuirá la caída a la presencia del felino, por más que haya tropezado porque la vereda estaba rota. En la actualidad, mucha gente combina erróneamente (incoherentemente) creencias religiosas con creencias supersticiosas. Esto hace, por ejemplo, que un hombre religioso cristiano pueda preferir no abrir un paraguas bajo techo ya que, más allá de su fe cristiana, considera que dicha acción traerá la desgracia.

b)        La magia.

Según J. G. Frazer, el pensamiento mágico consiste en un conjunto de prácticas y creencias a los que individuos de una sociedad recurren para crear un beneficio o conseguir un fin. Estas creencias se relacionan, a su vez, con cierto orden en la naturaleza, ya sea como grupo, cuando una situación negativa natural afecta severamente a la organización social de tal grupo (una sequía o la infertilidad), o ya sea a nivel individual, cuando se requiere, por ejemplo, deshacerse de un enemigo que amenaza la vida. J. G Frazer entiende a la magia como la expresión de reglas que o bien determinan la consecución de acontecimientos en todo el mundo, magia teórica, o bien  como una serie de reglas que los humanos cumplen con objeto de conseguir sus fines, como magia práctica.

A manera de ejemplo de pensamiento mágico podemos tomar la llamada santería que, a rasgos generales, es considerada como un conjunto de elementos que componen al catolicismo y a las tradiciones yorubas que importaron los esclavos negros capturados en Nigeria y trasladados a Cuba. Esta conjugación de sistemas religiosos sigue siendo practicada hasta nuestros días en diversas partes de Latinoamérica, y no sólo es regida por la devoción a los santos identificados con los orishas, sino que implica una jerarquía sacerdotal. Un ejemplo claro de este tipo de magia consiste en la iniciación de un sacerdote: le es entregada cierta cantidad de collares durante el rito, que le permitirán representar a cierta cantidad de orishas (dioses) y estar en contacto con ellos a través del sacrificio de cabras u otro animal. Estas creencias y prácticas también implican que la resolución de ciertos problemas, como por ejemplo, devolver la salud a alguien que lo solicitó, se deben a que se invocó al espíritu de sus ancestros y se llevó la ofrenda al orishá indicado. Ese tipo de magia implica creencias animistas.

c)         La mitología.

Un mito es un relato explicativo en el que se narran hazañas de dioses gracias a las cuales, en el tiempo que ha precedido a la edad que ahora vivimos, fueron establecidas las costumbres, los elementos y las bases de toda la existencia tal y como la conocemos.

Por otra parte, el mito tiene muy poco que ver con un cuento una novela modernos. La sociedad que vive en el estadio mitológico no admite que estos peculiares relatos tengan un autor  humano. Estos relatos sobre los orígenes de todas las cosas han sido escuchados por los hombres (así se dice respecto de los poemas de los Vedas, en la antigua india), gracias al papel de mediación entre los dioses y nosotros que ha desempeñado alguna divinidad de rango menor.

 El mito narra verdades fundamentales, pero, cuando los hombres lo recitan, no lo hacen en absoluto para distraerse o divertirse, sino en medio de los ritos de está "religión". El resultado o la representación del mito son actos de culto religioso que no se limitarán a recordar lo que los dioses hicieron en el tiempo anterior a nuestro mundo, sino que actualizar la eficacia de aquellas proezas. Así, por ejemplo, en la primavera se celebraba en la Mesopotamia antigua, como en muchas otras culturas agrarias desde el Neolítico, la fiesta del Año Nuevo: y, claro está, los ritos, que no sólo celebran o acompañar la renovación de la naturaleza después del invierno, hacen posible tal primavera. Si no se realizasen, no vendría la primavera.

Los investigadores de las mitologías sostienen, en general, que las sociedades en las que están vivos los mitos necesariamente conciben la totalidad de la realidad de una manera diferente de como lo hace la filosofía. Todo lo que sucede se explica en el mito por la voluntad de los dioses, o sea, precisamente no porque exista una ley física impersonal que rige el comportamiento de cada ser y que puede ser conocida por la razón. El hombre inmerso en la mitología ve por todas partes el capricho, la libertad de fuerzas personales que han decidido que las cosas sean como ellas han querido. Aquí no hay nada que investigar por la razón. Si el faraón no realiza el sacrificio del alba, el dios solar no amanece.

Afirman, entonces, los mitólogos, que los hombres que ven el mundo de esta manera filosófica es que no han aprendido a distinguir claramente el límite entre lo humano y lo inhumano se relacionan con el mundo como si por todas partes hubiera seres como los hombres, sólo que más antiguos y poderosos, cada uno al cuidado de una faceta de la vida (dioses): los campos cultivados, los vientos marinos, las aguas de los ríos, el rayo y la lluvia, la enfermedad y la curación, el amor y la guerra, la sabiduría y los oficios…

También ocurre que esos mismos hombres que narran sus mitos pueden hacerse una idea del mundo hasta cierto punto independiente de los dioses y de ellos mismos. Dichas ideas suelen reflejarse en algún detalle del propio mito. Por ejemplo, algunos arqueólogos, estudiando las pinturas rupestres esquemáticas del final del Paleolítico, se han atrevido a expresar la conclusión de que sus autores veían en general el mundo como resultado de un equilibrio entre fuerzas sobrenaturales opuestas entre sí: masculino y femenino, derecha e izquierda, vida y muerte, cielo y tierra, día y noche… En los poemas de Homero, sobre todo en el más antiguo, la Ilíada, se da por entendido que tres dioses hermanos (Zeus, Poseidón, Hades) tienen repartida la totalidad de la realidad (parece que ellos mismos han acordado este reparto), a la vez que uno de ellos, Zeus, se afirma como el poder absolutamente supremo. La mitología griega, como vemos, representa un claro ejemplo de pensamiento mitológico, en el cual, de manera apasionante, la realidad resulta ser la mezcla del todo indescifrable de un mundo formado por deidades y otro mundo puramente natural.