jueves, 29 de noviembre de 2012

GNOSEOLOGÍA (Teoría del Conocimiento)


Apariencia y realidad

Apuntes Gnoseología 1
“¿Hay en el mundo algún conocimiento tan cierto que ningún hombre razonable pueda dudar de él? Este problema, que a primera vista podría no parecer difícil, es, en realidad, uno de los más difíciles que cabe plantear. Cuando hayamos examinado los obstáculos que entorpecen el camino de una respuesta directa y segura, nos veremos lanzados de lleno al estudio de la filosofía, puesto que la filosofía es simplemente el intento de responder a tales problemas finales, no de un modo negligente y dogmático, como lo hacemos en la vida ordinaria y aun en el dominio de las ciencias, sino de una manera crítica, después de haber examinado lo que hay de embrollado en ellos, y suprimido la vaguedad y la confusión que hay en el fondo de nuestras ideas habituales.

En la vida diaria aceptamos como ciertas muchas cosas que, después de un análisis más riguroso, nos aparecen tan llenas de evidentes contradicciones, que sólo un gran esfuerzo de pensamiento nos permite saber lo que realmente nos es lícito creer. En la indagación de la certeza es natural empezar por nuestras experiencias presentes, y, en cierto modo, no cabe duda que el conocimiento debe ser derivado de ellas. Sin embargo, cualquier afirmación sobre lo que nuestras experiencias inmediatas nos dan a conocer tiene grandes probabilidades de error. En este momento me parece que estoy sentado en una silla, frente a una mesa de forma determinada, sobre la cual veo hojas de papel manuscritas o impresas. Si vuelvo la cabeza observo, por la ventana, edificios, nubes y el Sol. Creo que el Sol está a unos ciento cincuenta millones de kilómetros de la Tierra; que, a consecuencia de la rotación de nuestro planeta, sale cada mañana y continuará haciendo lo mismo en el futuro, durante un tiempo indefinido. Creo que si cualquiera otra persona normal entra en mi habitación verá las mismas sillas, mesas, libros y papeles que yo veo, y que la mesa que mis ojos ven es la misma cuya presión siento contra mi brazo. Todo esto parece tan evidente que apenas necesita ser enunciado, salvo para responder a alguien que dudara de que puedo conocer en general algo. Sin embargo, todo esto puede ser puesto en duda de un modo razonable, y requiere en su totalidad un cuidadoso análisis antes de que podamos estar seguros de haberlo expresado en una forma totalmente cierta.

Para allanar las dificultades, concentremos la atención en la mesa. Para la vista es oblonga, oscura y brillante; para el tacto pulimentada, fría y dura; si la percuto, produce un sonido de madera. Cualquiera que vea, toque la mesa u oiga dicho sonido, convendrá en esta descripción, de tal modo que no parece pueda surgir dificultad alguna; pero desde el momento en que tratamos de ser más precisos empieza la confusión. Aunque yo creo que la mesa es <<realmente>> del mismo color en toda su extensión, las partes que reflejan la luz parecen mucho más brillantes que las demás, y algunas aparecen blancas a causa de la luz refleja. Sé que si yo me muevo, serán otras las partes que reflejen la luz, de modo que cambiará la distribución aparente de los colores en su superficie. De ahí se sigue que si varias personas, en el mismo momento, contemplan la mesa no habrá dos que vean exactamente la misma distribución de colores, puesto que no puede haber dos que la observen desde el mismo punto de vista, y todo cambio de punto de vista lleva consigo un cambio en el modo de reflejarse la luz.

Para la mayoría de los designios prácticos esas diferencias carecen de importancia, pero para el pintor adquieren una importancia fundamental: el pintor debe olvidar el hábito de pensar que las cosas aparecen con el color que el sentido común afirma que <<realmente>> tienen, y habituarse, en cambio, a ver las cosas tal como se le ofrecen. Aquí tiene ya su origen una de las distinciones que causan mayor perturbación en filosofía, la distinción entre <<apariencia>> y <<realidad>>, entre lo que las cosas parecen ser y lo que en realidad son. El pintor necesita conocer lo que las cosas parecen ser; el hombre práctico y el filósofo necesitan conocer lo que son; pero el filósofo desea este conocimiento con mucha más intensidad que el hombre práctico, y le inquieta mucho más el conocimiento de las dificultades que se hallan para responder a esta cuestión.

Volvamos a la mesa. De lo establecido resulta evidentemente que ningún color parece ser de un modo preeminente el color de la mesa, o aun de una parte cualquiera de la mesa; ésta parece ser de diferentes colores desde puntos de vista diversos, y no hay razón alguna para considerar el color de alguno de ellos como más real que el de los demás. Sabemos igualmente que aun desde un punto de vista dado, el color parecerá diferente, con luz artificial, o para un ciego para el color, o para quien lleve lentes azules, mientras que en la oscuridad no habrá en absoluto color, aunque para el tacto y para el oído no haya cambiado la mesa. Así, el color no es algo inherente a la mesa, sino algo que depende de la mesa y del espectador y del modo como cae la luz sobre la mesa. Cuando en la vida ordinaria hablamos del color de la mesa, nos referimos tan sólo a la especie de color que parecerá tener para un espectador normal, desde el punto de vista habitual y en las condiciones usuales de luz. Sin embargo, los colores que aparecen en otras condiciones tienen exactamente el mismo derecho a ser considerados como reales; por tanto, para evitar todo favoritismo nos vemos obligados a negar que, en sí misma, tenga la mesa ningún color particular.

Lo mismo puede decirse de la estructura del material. A simple vista se pueden ver sus fibras, pero al mismo tiempo la mesa aparece pulida y lisa. Si la miráramos a través del microscopio veríamos asperezas, prominencias y depresiones, y toda clase de diferencias, imperceptibles a simple vista. ¿Cuál es la mesa <<real>>? Nos inclinamos, naturalmente, a decir que la que vemos a través del microscopio es más real. Pero esta impresión cambiaría, a su vez, utilizando un microscopio más poderoso. Por tanto, si no podemos tener confianza en lo que vemos a simple vista, ¿cómo es posible que la tengamos en lo que vemos por medio del microscopio? Así, una vez más nos abandona la confianza en nuestros sentidos, por la cual hemos empezado.

La figura de la mesa no nos da mejor resultado. Tenemos todos la costumbre de juzgar de las formas <<reales>> de las cosas, y lo hacemos de un modo tan irreflexivo que llegamos a imaginar que vemos en efecto formas reales. Sin embargo, de hecho - como tenemos necesidad de aprender si intentamos dibujar -, una cosa ofrece aspectos diferentes según el punto de vista desde el cual se la mire. Aunque nuestra mesa es <<realmente>> rectangular, parecerá tener, desde casi todos los puntos de vista, dos ángulos agudos y dos obtusos; aunque los lados opuestos son paralelos, parecerá que convergen en un punto alejado del espectador; aunque son de longitud, el más inmediato parecerá el más largo, no se observan comúnmente estas cosas al mirar la mesa, porque la experiencia nos ha enseñado a construir la forma <<real>> con la forma aparente, y la forma <<real>> es lo que nos interesa como hombres prácticos. Pero la forma <<real>> no es lo que vemos; es algo que inferimos de lo que vemos. Y lo que vemos cambia constantemente de formas cuando nos movemos alrededor de la habitación; por tanto, aun aquí, los sentidos no parecen darnos la verdad acerca de la mesa, sino tan sólo sobre la apariencia de la mesa.

Análogas dificultades surgen si consideramos el sentido del tacto. Verdad es que la mesa nos da siempre una sensación de dureza y que sentimos que resiste a la presión. Pero la sensación que obtenemos depende de la fuerza con que apretamos la mesa y también de la parte del cuerpo con que la apretamos; así, no es posible suponer que las diversas sensaciones debidas a la variación de las presiones o a las diversas partes del cuerpo revelan directamente una propiedad de de la mesa, sino, a lo sumo, que son signos de alguna propiedad, que tal vez causa todas las sensaciones, pero que no aparece, realmente, en ninguna de ellas. Y lo mismo puede aplicarse, todavía con mayor evidencia, a los sonidos que obtenemos golpeando sobre la mesa.

Así, resulta evidente que la mesa real, si es que realmente existe, no es la misma que experimentamos directamente por medio de la vista, el oído o el tacto. La mesa real, si es que realmente existe, no es, en absoluto, inmediatamente conocida, sino que debe ser inferida de lo que nos es inmediatamente conocido. De ahí surgen, a la vez, dos problemas realmente difíciles; a saber: 1° ¿Existe en efecto una mesa real?; 2° En caso afirmativo ¿qué clase de objeto puede ser?

Para examinar estos problemas nos será de gran utilidad poseer algunos términos simples cuyo significado sea preciso y claro. Daremos el nombre de datos de los sentidos a lo que nos es inmediatamente conocido en la sensación: así, los colores, sonidos, olores, durezas, asperezas, etc. Daremos el nombre de sensación a la experiencia de ser inmediatamente conscientes de esos datos. Así, siempre que vemos un color, tenemos la sensación del color, pero el color mismo es un dato de los sentidos, no una sensación. El color es aquello de que somos inmediatamente conscientes, y esta conciencia misma es la sensación. Es evidente que si conocernos algo acerca de la mesa, es preciso que sea por medio de los datos de los sentidos - color oscuro, forma oblonga, pulimento, etc. - que asociamos con la mesa; pero por las razones antedichas, no podemos decir que la mesa sea los datos de los sentidos, ni aun que los datos de los sentidos sean directamente propiedades de la mesa. Así, suponiendo que haya una mesa, surge el problema de la relación de los datos de los sentidos con la mesa real.

A la mesa real, si es que existe, la denominaremos un <<objeto físico>>. Por tanto, hemos de considerar la relación de los datos de los sentidos con los objetos físicos. El conjunto de todos los objetos físicos se denomina <<materia>>. Así, nuestros dos problemas pueden ser planteados de nuevo del siguiente modo: 1°¿Hay, en efecto, algo que se pueda considerar como materia? 2° En caso afirmativo ¿cuál es su naturaleza?

El primer filósofo que puso de relieve las razones para considerar los objetos inmediatos de nuestros sentidos como no existiendo independientemente de nosotros fue el obispo Berkeley (1685-1753). Sus Tres diálogos de Hilas y Filonous, contra los escépticos y ateos, se proponen probar que no hay en absoluto nada que pueda dominarse materia, y que el mundo no consiste en otra cosa que en espíritus y sus ideas. Hilas ha creído hasta ahora en la materia, pero no puede competir con Filonous, que le lleva implacablemente a contradicciones y paradojas y da, al fin, a su negación de la materia casi la apariencia de algo de sentido común. Los argumentos que emplea son de valor muy desigual: algunos, importantes y vigorosos; otros, confusos y sofísticos. Pero a Berkeley corresponde el mérito de haber mostrado que la existencia de la materia puede ser negada sin incurrir en el absurdo, y que si algo existe independientemente de nosotros no puede ser objeto inmediato de nuestras sensaciones.

Dos problemas van envueltos en la pregunta de si existe la materia, y, es importante ponerlos en claro. Entendemos comúnmente por materia algo que se opone al espíritu, algo que concebimos como ocupando un espacio y radicalmente incapaz de cualquier pensamiento o conciencia. Principalmente en este sentido, niega Berkeley la materia; es decir, no niega que los datos de los sentidos, que recibimos comúnmente como signos de la existencia de la mesa, sean realmente signos de la existencia de algo independiente de nosotros, pero sí que este algo sea no mental, esto es, que no sea ni un espíritu ni ideas concebidas por algún espíritu. Admite que algo debe continuar existiendo cuando salimos de la habitación o cerramos los ojos, y que lo que denominamos ver la mesa nos da realmente una razón para creer que algo persiste aun cuando nosotros no lo veamos. Pero piensa que este algo no puede ser, en su naturaleza, radicalmente diferente de lo que vemos, ni puede ser absolutamente independiente de toda visión, aunque lo deba ser de nuestra vista. Así es llevado a considerar la mesa <<real>> como una idea en el espíritu de Dios. Tal idea tiene la requerida permanencia e independencia de nosotros, sin ser - como sería de otro modo la materia - algo completamente incognoscible, en el sentido de que podría ser sólo inferida, nunca conocida de un modo directo e inmediato.

Otros filósofos, a partir de Berkeley, han sostenido que, aunque la mesa no dependa, en su existencia, del hecho de ser vista por mí, depende del hecho de ser vista (o aprehendida de alguna otra manera por la sensación) por algún espíritu - no necesariamente el espíritu de Dios, sino más a menudo el espíritu total colectivo del universo -. Sostienen esto, como lo hace Berkeley, principalmente porque creen que nada puede ser real - o en todo caso, nada puede ser conocido como real - salvo los espíritus, sus pensamientos y sentimientos. Podemos presentar como sigue el argumento en que fundan su opinión: <<Todo lo que puede ser pensado, es una idea en el espíritu de la persona que lo piensa; por lo tanto, nada puede ser pensado excepto las ideas en los espíritus: cualquiera otra cosa es inconcebible, y lo que es inconcebible no puede existir>>.

En mi opinión tal argumento es falso: e indudablemente los que lo sostienen no lo exponen de un modo tan breve y tan crudo. Pero, válido o no, el argumento ha sido ampliamente desarrollado en una forma o en otra, y muchos filósofos, tal vez la mayoría de ellos, han sostenido que no hay nada real, salvo los espíritus y sus ideas. Tales filósofos se denominan <<idealistas>>. Cuando tratan de explicar la materia, dicen, o como Berkeley, que la materia no es otra cosa que una colección de ideas, o como Leibniz (1646-1716), que lo que aparece corno materia es, en realidad, una colección de espíritus más o menos rudimentarios.

Pero aunque estos filósofos nieguen la materia como opuesta al espíritu, sin embargo, en otro sentido, admiten la materia. Recordemos los dos problemas que hemos planteado, a saber: 1º ¿Existe, en efecto, una mesa real? 2º En caso afirmativo ¿qué clase de objeto puede ser? Ahora bien: Berkeley y Leibniz admiten que hay una mesa real, pero Berkeley dice que consiste en ciertas ideas en el espíritu de Dios, y Leibniz afirma que es una colonia de almas. Así, ambos responden afirmativamente al primero de nuestros problemas y sólo divergen sus opiniones de las del común de los mortales en la contestación al segundo problema. De hecho, casi todos los filósofos parecen convenir en que existe una mesa real; casi todos convienen en que, aunque los datos de los sentidos - color, forma, pulimento, etc. - dependan en algún modo de nosotros, sin embargo, su presencia es un signo de algo que existe independientemente de nosotros, algo que difiere, tal vez, completamente de nuestros datos de los sentidos y que, no obstante, debe ser considerado como la causa delos datos de los sentidos siempre que nos hallemos en una relación adecuada con la mesa real.

Ahora bien; es evidente que este punto, en el cual los filósofos están de acuerdo - la opinión de que existe una mesa real -, sea cual fuere su naturaleza, es de importancia vital y vale la pena de considerar las razones de esta aceptación, antes de pasar al problema ulterior, sobre la naturaleza de la mesa real. Por consiguiente, nuestro capítulo inmediato será consagrado a las razones para suponer que existe, en efecto, una mesa real.

Antes de proseguir adelante, bueno será, por el momento, considerar lo que hemos descubierto hasta aquí. Nos hemos percatado de que si tomamos un objeto cualquiera, de la clase que suponemos conocer por los sentidos, lo que los sentidos nos dicen inmediatamente no es la verdad acerca del objeto tal como es aparte de nosotros, sino solamente la verdad sobre ciertos datos de los sentidos, que, por lo que podemos juzgar, dependen de las relaciones entre nosotros y el objeto. Así, lo que vemos y tocamos directamente es simplemente una <<apariencia>>, que creemos ser el signo de una <<realidad>> que está tras ella. Pero si la realidad no es lo que aparenta ¿tenemos algún medio de conocer si en efecto existe una realidad? Y en caso afirmativo ¿tenemos algún medio para descubrir en qué consiste?

Tales preguntas son desconcertantes, y es difícil saber si no son ciertas aun las más raras hipótesis. Así, nuestra mesa familiar, que generalmente sólo había despertado en nosotros ideas insignificantes, aparece ahora como un problema lleno de posibilidades sorprendentes. Lo único que sabemos de ella es que no es lo que aparenta. Más allá de este modesto resultado, tenemos la más completa libertad conjetural. Leibniz afirma que es una comunidad de almas; Berkeley dice que es una idea en el espíritu de Dios; la grave ciencia, no menos maravillosa, nos dice que es una colección de cargas eléctricas en violenta agitación.

Entre estas sorprendentes posibilidades, la duda sugiere que acaso no existe en absoluto mesa alguna. La filosofía, si no puede responder a todas las preguntas que deseamos, es apta por lo menos para proponer problemas que acrecen el interés del mundo y ponen de manifiesto lo raro y admirable que justamente bajo la superficie se oculta, aun en las cosas más corrientes de la vida cotidiana.

(Bertrand Russel, Los problemas de la Filosofía, Cap 1)

 

lunes, 12 de noviembre de 2012

Superstición, magia y mitología.

Apuntes 3 Filosofía y "Religión"



La Filosofía como un Saber.

Como ya hemos visto, la filosofía, además de una actitud vital, es un tipo de saber. Para poder diferenciar bien la filosofía del resto de los saberes hemos de establecer algún tipo de distinción entre la filosofía y esos otros  saberes. A lo largo de la historia se han confundido a menudo esos conocimientos o saberes (el saber científico, el saber artístico y el saber religioso) con los conocimientos filosóficos. La filosofía no es Ciencia ni Arte ni Religión. Analicemos ahora el tercero de estos saberes, el saber religioso, con el fin de diferenciarlo de la filosofía.

Para llegar a comprender la esencia del saber religioso, lo que hemos de hacer en primer lugar es diferenciarlo de lo que parece religión pero no lo es, a saber, la superstición, la magia y los mitos.

a)        La superstición.

La superstición es una creencia que resulta contraria a la razón y es ajena a la fe religiosa. El supersticioso cree que ciertos fenómenos disponen de una explicación sobrenatural. Por ejemplo: “Por superstición, nunca paso por debajo de una escalera” o “Pablo no quiere casarse el martes 13 por superstición”. La superstición suele basarse en tradiciones populares que se transmiten de generación en generación. Esto quiere decir que, dentro de una comunidad, los antepasados que sostenían que algunas acciones concretas (como, por ejemplo, contar con un amuleto o repetir ciertas palabras) favorecían la buena suerte o alejaban lo negativo, transmitieron dichas creencias a sus descendientes. Al creer en la superstición, la persona atribuye una relación causal entre dos acontecimientos a una fuerza sobrenatural. Tal relación causal no puede considerarse ni lógica ni basada en la experiencia.

Un supersticioso puede creer que un gato negro trae mala suerte y, si se cruza con un animal de este tipo en la calle, preferirá retroceder. Nada prueba, por supuesto, que los gatos negros tengan capacidad de incidir en el destino o en la fortuna. Por otra parte, si el supersticioso ve un gato negro y luego tropieza, atribuirá la caída a la presencia del felino, por más que haya tropezado porque la vereda estaba rota. En la actualidad, mucha gente combina erróneamente (incoherentemente) creencias religiosas con creencias supersticiosas. Esto hace, por ejemplo, que un hombre religioso cristiano pueda preferir no abrir un paraguas bajo techo ya que, más allá de su fe cristiana, considera que dicha acción traerá la desgracia.

b)        La magia.

Según J. G. Frazer, el pensamiento mágico consiste en un conjunto de prácticas y creencias a los que individuos de una sociedad recurren para crear un beneficio o conseguir un fin. Estas creencias se relacionan, a su vez, con cierto orden en la naturaleza, ya sea como grupo, cuando una situación negativa natural afecta severamente a la organización social de tal grupo (una sequía o la infertilidad), o ya sea a nivel individual, cuando se requiere, por ejemplo, deshacerse de un enemigo que amenaza la vida. J. G Frazer entiende a la magia como la expresión de reglas que o bien determinan la consecución de acontecimientos en todo el mundo, magia teórica, o bien  como una serie de reglas que los humanos cumplen con objeto de conseguir sus fines, como magia práctica.

A manera de ejemplo de pensamiento mágico podemos tomar la llamada santería que, a rasgos generales, es considerada como un conjunto de elementos que componen al catolicismo y a las tradiciones yorubas que importaron los esclavos negros capturados en Nigeria y trasladados a Cuba. Esta conjugación de sistemas religiosos sigue siendo practicada hasta nuestros días en diversas partes de Latinoamérica, y no sólo es regida por la devoción a los santos identificados con los orishas, sino que implica una jerarquía sacerdotal. Un ejemplo claro de este tipo de magia consiste en la iniciación de un sacerdote: le es entregada cierta cantidad de collares durante el rito, que le permitirán representar a cierta cantidad de orishas (dioses) y estar en contacto con ellos a través del sacrificio de cabras u otro animal. Estas creencias y prácticas también implican que la resolución de ciertos problemas, como por ejemplo, devolver la salud a alguien que lo solicitó, se deben a que se invocó al espíritu de sus ancestros y se llevó la ofrenda al orishá indicado. Ese tipo de magia implica creencias animistas.

c)         La mitología.

Un mito es un relato explicativo en el que se narran hazañas de dioses gracias a las cuales, en el tiempo que ha precedido a la edad que ahora vivimos, fueron establecidas las costumbres, los elementos y las bases de toda la existencia tal y como la conocemos.

Por otra parte, el mito tiene muy poco que ver con un cuento una novela modernos. La sociedad que vive en el estadio mitológico no admite que estos peculiares relatos tengan un autor  humano. Estos relatos sobre los orígenes de todas las cosas han sido escuchados por los hombres (así se dice respecto de los poemas de los Vedas, en la antigua india), gracias al papel de mediación entre los dioses y nosotros que ha desempeñado alguna divinidad de rango menor.

 El mito narra verdades fundamentales, pero, cuando los hombres lo recitan, no lo hacen en absoluto para distraerse o divertirse, sino en medio de los ritos de está "religión". El resultado o la representación del mito son actos de culto religioso que no se limitarán a recordar lo que los dioses hicieron en el tiempo anterior a nuestro mundo, sino que actualizar la eficacia de aquellas proezas. Así, por ejemplo, en la primavera se celebraba en la Mesopotamia antigua, como en muchas otras culturas agrarias desde el Neolítico, la fiesta del Año Nuevo: y, claro está, los ritos, que no sólo celebran o acompañar la renovación de la naturaleza después del invierno, hacen posible tal primavera. Si no se realizasen, no vendría la primavera.

Los investigadores de las mitologías sostienen, en general, que las sociedades en las que están vivos los mitos necesariamente conciben la totalidad de la realidad de una manera diferente de como lo hace la filosofía. Todo lo que sucede se explica en el mito por la voluntad de los dioses, o sea, precisamente no porque exista una ley física impersonal que rige el comportamiento de cada ser y que puede ser conocida por la razón. El hombre inmerso en la mitología ve por todas partes el capricho, la libertad de fuerzas personales que han decidido que las cosas sean como ellas han querido. Aquí no hay nada que investigar por la razón. Si el faraón no realiza el sacrificio del alba, el dios solar no amanece.

Afirman, entonces, los mitólogos, que los hombres que ven el mundo de esta manera filosófica es que no han aprendido a distinguir claramente el límite entre lo humano y lo inhumano se relacionan con el mundo como si por todas partes hubiera seres como los hombres, sólo que más antiguos y poderosos, cada uno al cuidado de una faceta de la vida (dioses): los campos cultivados, los vientos marinos, las aguas de los ríos, el rayo y la lluvia, la enfermedad y la curación, el amor y la guerra, la sabiduría y los oficios…

También ocurre que esos mismos hombres que narran sus mitos pueden hacerse una idea del mundo hasta cierto punto independiente de los dioses y de ellos mismos. Dichas ideas suelen reflejarse en algún detalle del propio mito. Por ejemplo, algunos arqueólogos, estudiando las pinturas rupestres esquemáticas del final del Paleolítico, se han atrevido a expresar la conclusión de que sus autores veían en general el mundo como resultado de un equilibrio entre fuerzas sobrenaturales opuestas entre sí: masculino y femenino, derecha e izquierda, vida y muerte, cielo y tierra, día y noche… En los poemas de Homero, sobre todo en el más antiguo, la Ilíada, se da por entendido que tres dioses hermanos (Zeus, Poseidón, Hades) tienen repartida la totalidad de la realidad (parece que ellos mismos han acordado este reparto), a la vez que uno de ellos, Zeus, se afirma como el poder absolutamente supremo. La mitología griega, como vemos, representa un claro ejemplo de pensamiento mitológico, en el cual, de manera apasionante, la realidad resulta ser la mezcla del todo indescifrable de un mundo formado por deidades y otro mundo puramente natural.

 


miércoles, 17 de octubre de 2012

La Filosofía como "saber"

Apuntes 2 Los tipos de Saber según Aristóteles.

1.               El saber denominado “Lógica”.

Tal y como nos ha llegado el pensamiento aristotélico, éste comienza con el estudio de lo que se llama hoy día ”lógica”. Para Aristóteles la lógica no es un saber más, sino el instrumento necesario para construir todos los demás saberes. Por eso, los tratados que versan sobre lógica reciben el nombre de “órganon”, palabra griega que significa instrumento. Este tipo de saber es un poco complicado. Ya lo veremos más adelante.

2.               El “resto” de todos los saberes.

Hay saberes que de suyo sólo se proponen el conocimiento o la mera contemplación del ser o la realidad (o la esencia de las cosas). O sea, hay saberes compuestos por conocimientos que tratan sólo de saber cómo es la realidad. Otros saberes tienen que ver con la acción humana y no con la mera contemplación de la realidad. Según esta distinción, el saber humano se divide entonces en dos grandes grupos: saberes teóricos o contemplativos, por un lado, y saberes prácticos o que tienen que ver con la acción humana, por otro.

A)     Los saberes teóricos: Aristóteles y los peripatéticos dividían los saberes contemplativos en tres grandes grupos, a los que llamaban respectivamente física, matemática y metafísica (este último saber se denomina en algunos lugares de la obra de Aristóteles "filosofía primera").

Ø     La física: este saber teórico tiene como fin exclusivo conocer la “physis”, o sea, la naturaleza. Según Aristóteles pertenecen a la naturaleza todos aquellos seres que tienen en ellos mismos el principio radical de su cambio o movimiento. De aquí que los estudios físicos de Aristóteles abarquen campos que hoy ya, después de muchos siglos de haber conservado su misma terminología, no llamamos así. La física aristotélica abarca además de nuestra física actual, la cosmología o astronomía, la meteorología, la biología, la psicología… En suma, el objeto de la física son los seres subsistentes, es decir, que existen por sí mismos y están sometidos a cambio.

Ø     La matemática: este saber estudia los seres no subsistentes e inmóviles. Según Aristóteles, los objetos de la matemática, números y figuras geométricas, no existen por sí solos. Se dan, de alguna manera, por un lado, en la mente de los que piensan y, por otro lado, como “encarnados”, por así decir, en los seres naturales. Sobre matemáticas Aristóteles no escribió nada.

Ø     La filosofía primera o metafísica (o teología): este saber, el más general de todos, trata sobre la sustancia, es decir sobre la estructura de todo ser en general (y en concreto). Este saber se encuentra organizado en los catorce libros que un tal Andrónico de Rodas (siglo I a.C.) reunió de una manera bastante aleatoria y colocó en la biblioteca justo "después de los libros de física" (meta ta phisicá).

 

B)     Los saberes “prácticos”: como ya hemos visto, estos saberes tienen como objeto o “tienen que ver” fundamentalmente con los actos humanos.

 

·       Los saberes poéticos: estos saberes son los que tienen que ver con la “póiesis” o la técnica de fabricación de objetos. Son saberes muy comunes, como pueden ser, por ejemplo, el saber o el arte (técnica/techné) del zapatero o del constructor de barcos o del hacedor de vasijas. Pero, no sólo tiene que ver este tipo de saber con las técnicas para la fabricación de artefactos materiales, sino también con técnicas más “teóricas” (por eso es un saber), técnicas del estilo de la retórica (que enseña a construir discursos persuasivos sobre cualquier asunto) o la técnica de escribir música  u otras técnicas por el estilo. Por esto no podemos traducir fácilmente al español la palabra griega "póiesis". Lo hacemos como “saber hacer”. Cuando una persona posee este tipo de saber, sus actos producen cosas que antes no existían y que perduran cuando su producción termina: unos zapatos, un barco, la persuasión o una partitura musical. Existen numerosos ejemplos de estos saberes productivos:

Ø   El arte del zapatero. (¿Zapatería?).

Ø   El arte de alfarero.

Ø   Fontanería.

Ø   Arquitectura.

Ø   Arte culinaria (Cocina).

Ø   Medicina.

Ø   Veterinaria.

Ø   Retórica.

Ø   Música.

Ø   Etcétera…

 

·       Los saberes prácticos: este tipo de saberes no produce nada, ningún objeto (fuera de “algo” en el  sujeto o persona que realiza la acción) sino sólo, por decirlo de alguna manera, dentro del propio sujeto: es decir, lo que produce este tipo de saber es que mejora o lo empeora a quién lo tiene y lo realiza. Según Aristóteles los saberes prácticos o morales son fundamentalmente tres: la ética, la economía y la política.

Ø   El saber ético (ética): la ética es el saber acerca de la conducta individual buena o mala, o sea, el saber que conoce qué acciones son correctas y cuáles son incorrectas, qué acciones son lícitas o permitidas y cuáles son ilícitas o prohibidas. (Aristóteles pensaba, por ejemplo, que toda la vida  de Sócrates había sido ética).

Ø   La economía: este tipo de saber es el que se preocupa de la conducta no del individuo, sino de su casa o familia, a la que en aquella época pertenecían también los siervos o esclavos. (La palabra griega “Oikós” significa casa, con lo que economía etimológicamente significará "las normas que rigen la casa").

Ø   La política: este saber es el de la saber o ciencia práctica que se interesa por la acción no ya del individuo o de la unidad familiar, sino del Estado, y, por tanto, es un saber que estudia el buen y el mal gobierno, la buena y mala forma de la constitución y las leyes de la comunidad estatal.

 

Tipos de saber
Lógica
(Órganon)
Resto de saberes
Saber teórico
(Theoréin)
Saberes prácticos
Saber poiético
(Póiesis)
 
Saber moral
(Praxis)
Física
Alfarería
Ética
Matemáticas
Arquitectura
Economía
Metafísica
Medicina (etcétera)
Política

 

 

 

jueves, 4 de octubre de 2012

¿Qué es eso de la "Filosofía"?

APUNTES 1 Los dos sentidos del término "Filosofía".
 
             Por vez primera, te enfrentas de manera académica con la filosofía. “Filosofía” es una palabra que te suena. La has oído a menudo y posiblemente empleado en algunas ocasiones. Sin embargo, no tienes una idea clara de qué es la filosofía. He aquí un rasgo que distingue a la filosofía de otras asignaturas con las que ya estás familiarizado. La filosofía es el único saber que ha de explicarse a sí mismo.

La única manera de tener una noción clara y precisa de las cosas es el trato habitual con ellas. Sólo empezaremos a ver qué es esto de la filosofía cuando comencemos nosotros mismos a filosofar. Y cuanto más filosofemos, más claramente se nos mostrará el concepto de filosofía.    

No obstante, alguna noción de la filosofía, por vaga e imprecisa que sea, hemos de poner antes de comenzar a hacerla. Cuando hablamos de filosofía hemos de distinguir dos cosas bien distintas. Por un lado, la filosofía es una forma de vida o, más bien, una actitud ante la vida. Por otro lado, la filosofía es, como dijo un filósofo, lo que los pensadores han dicho a lo largo de la historia, es decir la filosofía como es un saber más entre otros. Vamos, ahora, a analizar la filosofía como actitud.

 

1.  La filosofía como actitud”.

 

“...He aquí, pues, lo que sucede. Ninguno de los dioses se ocupa de filosofar ni desea hacerse sabio, pues ya lo es, ni filosofa nadie que sea sabio. Pero, por otro lado, tampoco los ignorantes se ocupan en filosofar, ni desean hacerse sabios, pues el mal de la ignorancia estriba en que el que la padece no es ni noble ni bello ni sabioy, sin embargo, cree serlo en grado suficiente. Quien no cree estar falto de nada, no siente deseo de lo que no cree necesitar.

-              Entonces, ¿quiénes son los que filosofan, Diotima – le dije yo – si no son los sabios ni los ignorantes?

-              Es algo tan claro que hasta un niño lo vería – respondió ella -. Los que filosofan son los que están a medio camino de unos y otros.”

(Platón, El Banquete, 203 e)

 

 

      Platón, y con él otros muchos filósofos, divide a las personas, en relación con su saber, en tres clases:

v Por una parte, están los sabios. Para poder ser llamado sabio hay que conocerlo todo absolutamente (presente, pasado y futuro hasta el más mínimo detalle). Ningún hombre merece el nombre de sabio. Sólo los dioses – prosigue Platón – son dignos de ese nombre.

v En otra clase están la mayoría de los hombres: los ignorantes. Ignorante es el que cree conocer todo lo que necesita saber. Como está satisfecho de su conocimiento, no busca más saber. No se asombra de nada, porque cree tener respuestas para todo. Pero, su saber es endeble, pues un examen crítico descubre pronto sus contradicciones y, además, es un saber que carece siempre de fundamento. A este tipo pertenecen muchos hombres.

v Hay, por último, unos pocos hombres que, sin merecer el apelativo de sabios, tampoco son ignorantes. No es que sepan mucho. Más bien, nada o casi nada. No obstante, se dan perfecta cuenta de todo lo que ignoran. Su vida transcurre en un continuo asombro, pues todo les parece maravilloso y sin explicación. Algunos los califican de “niños”, porque siempre están preguntando por qué. Muere alguien a su alrededor y, en vez de pronunciar frases hechas –“no somos nadie”, “es ley de vida”, “todo lo que nace muere”, etc. -, se quedan mudos de asombro preguntándose: “¿qué es la muerte?”, o “¿por qué hay muerte?” Estos hombres aborrecen las grandes palabras huecas que no sirven para comprender las cosas, sino para ocultar nuestro desconocimiento. ¿Quién no emplea a diario conceptos como justo, valiente, progreso, conocimiento, etc.? Pero, ¿quién de verdad puede explicar qué significan esas nociones? Estas personas, que ocupan un lugar intermedio entre los sabios y los ignorantes, se interrogan por todo; todo les admira. Incluso les asombra el hecho más común de todos, el más cotidiano: el hecho de que haya cosas y personas. Y ante este hecho se preguntan: ¿por qué hay algo?, pues podría muy bien no haber nada, nada de nada...

 

¿Cómo llamar a estas personas? Ellas mismas se pusieron el nombre de FILÓSOFOS. No sabios (en griego sofós), sino amantes de la sabiduría (filo-sofos). E, igual que el amante busca constantemente aquello que ama, el filósofo es un perpetuo buscador de sabiduría, un constante indagador. En una palabra, un enamorado de la verdad. ¿Cuántos hombres crees tú que hay de este tipo? Tal vez muy pocos...

 

 

Ejercicios

1.    ¿Cuáles son los dos grandes sentidos del término "filosofía"?

2.    ¿Qué es un sabio? ¿Por qué cree Platón que ningún hombre ha de ser denominado sabio?

3.    ¿Qué es un ignorante?

4.    ¿Qué es un filósofo?

 

 

sábado, 22 de septiembre de 2012

Vivencias de sentido

AL NIÑO ENFERMO
Duerme, niño chiquito,
que viene el Coco,
a llevarse a los niños
que duermen poco.
 
POPULAR
 
 



Duerme, flor de mi vida,
duerme tranquilo,
que es del dolor el sueño
tu único asilo.
 
Duerme, mi pobre niño,
goza sin duelo
lo que te da la Muerte
como consuelo.
 
Como consuelo y prenda
de su cariño,
de que te quiere mucho,
mi pobre niño.
 
Pronto vendrá con ansia
de recojerte
la que te quiere tanto,
la dulce Muerte.
 
Dormirás en sus brazos
el sueño eterno,
y para ti, mi niño,
no habrá ya invierno.
 
No habrá invierno ni nieve,
mi flor tronchada;
te cantará en silencio
dulce tonada.
 
 
 
¡Oh, qué triste sonrisa
riza tu boca!...
Tu corazón acaso
su mano toca.
 
¡Oh, qué sonrisa triste
tu boca riza!
¿Qué es lo que en sueños dices
a tu nodriza?
 
A tu nodriza eterna
siempre piadosa,
la Tierra en que en paz santa
todo reposa.
 
Cuando el sol se levante,
mi pobre estrella,
derretida del alba
te irás con ella.
 
Morirás con la aurora,
flor de la muerte;
te rechaza la vida,
¡qué hermosa suerte!
 
El sueño que no acaba
duerme tranquilo,
que es del dolor la muerte
tu único asilo.
 
          Poesía completa

          Miguel de Unamuno



1. Comenta el "sentido filosófico" del poema. 
 

 

 


HAMLET

Acto V, Escena primera.

 

 

[En un cementerio]

 

ALDEANO PRIMERO. [Canta]

Pero la vejez furtiva


me ha sujetado en su trampa,

embarcándome a la tierra

como si no fuera nada.

HAMLET.   Esa calavera tenía una lengua dentro, y podía cantar en otro tiempo: ¡cómo la tira por tierra ese bribón, como si fuera la quijada de Caín, el que hizo el primer crímen! Podría ser la mollera de un político la que este burro ahora recoge: uno que era capaz de enredar a Dios, ¿no es verdad?

HORACIO.   Sí que podría ser, señor.

HAMLET.   O de un cortesano, que sabía decir “Buenos días, mi dulce señor: ¿cómo estáis, buen señor?”. Éste podría ser el señor Fulano de Tal, que alababa el caballo del señor Mengano de Cual cuando quería pedírselo prestado; ¿no es verdad?

HORACIO.   Eso es, señor.

HAMLET.   Pues sí, y ahora que es Don Gusano, sin quijada, y golpeado en la nuca por la azada de un sepulturero; ésta sí que es buena revolución, si tuviéramos la gracia de verla. Estos huesos ¿tan poco han costado de criar que sólo sirven para jugar a los bolos con ellos? A los míos les da dolor pensarlo.

ALDEANO PRIMERO. [Canta]

Una piqueta, una azada


y una mortaja de entierro:

ábrase un poco de arcilla

para huésped tan selecto. [Tira otra calavera]

HAMLET.   Ahí va otra: ¿por qué no podría ser la calavera de un abogado? ¿Dónde están ahora sus sutilezas, sus argucias y sus casuísmos, sus títulos y sus trucos? ¿Por qué consiente que ese rudo villano le pegue en la coronilla con una pala sucia sin armarle pleito por agresión? ¡Hum! Ese tipo pudo ser en sus tiempos un gran comprador de tierras, con sus estatutos, sus resguardos, sus términos, sus garantías dobles y sus cobranzas: ¿el término de sus términos y la cobranza de sus cobranzas es tener su terminada morada llena de interminable barro? ¿Sus garantías, aun siendo dobles, no le garantizan, de todas sus adquisiciones, más que el largo y el ancho de un par de pergaminos? En esta caja, difícilmente cabrían ni los títulos de propiedad de sus tierras, ¿y no va a tener más el propietario en persona, eh?

 
1. Comenta el "sentido filosófico" de este fragmento.


FRANCISCO DE QUEVEDO

Poemas metafísicos.

 

 

                                 2

REPRESÉNTASE LA BREVEDAD DE LO QUE SE VIVE Y CUÁN NADA PARECE LO QUE SE VIVIÓ.

 

 

“¡Ah de la vida!”... ¿Nadie me responde?

¡Aquí de los antaños que he vivido!

La Fortuna mis tiempos ha mordido;

las Horas mi locura las esconde.

 

¡Que sin poder saber cómo ni adónde

la salud y la edad se hayan huído!

Falta la vida, asiste lo vivido,

y no hay calamidad que no me ronde.

 

      Ayer se fue; mañana no ha llegado;

hoy se está yendo sin para un punto:

soy un fue, y un será y es cansado.

 

      En el hoy y mañana y ayer, junto

pañales y mortaja, y he quedado

presentes sucesiones de difunto.


3. Comenta el "sentido filosófico" del poema.